Aquí estamos de nuevo, fieles a nuestro castigo dominical, dispuestos a relatar la enésima gesta de la marcha oficial del Velo Club Maracena.
Hoy, último día de mayo, el mapa decía Lanjarón. Un destino idílico para cualquier ciclista que se precie de serlo... o para cualquiera que disfrute sufriendo bajo el sol. En la salida nos juntamos más de una veintena de valientes. Esto se está "profesionalizando" a niveles alarmantes; tanto es así que otra facción del club —entre ellos los hermanos Fernández Salas (Francis y Damián), José María y Goyo— se marchó a las vecinas tierras de Jaén a cumplir con la ardua tarea de representar al club en una prueba de fondo.
Por su parte, el comando de los incombustibles veteranos hizo honor a su nombre: marcaron su propio ritmo (es decir, el que les dio la real gana) para completar su ruta adaptada hasta El Zahor... o hasta donde las piernas (o las ganas de cerveza) dijeran basta.
- José Manuel, nuestro "pájaro": Ha decidido volver al nido para disfrutar de un día de bici. Da gusto ver cómo el club ejerce de faro: la gente navega por mares abiertos, pero en cuanto huelen el puerto, buscan la orientación de la grupeta y ahí está el Velo Club.
- Marcelo: Ha vuelto al tajo tras su lesión de muñeca. Ya no tiene excusa para no tirar del carro.
- Antonio Gutiérrez: Que, poco a poco y con paciencia divina, va regresando a la "normalidad" ciclista (si es que salir a sufrir un domingo se puede llamar normalidad).
En lo referente a lo deportivo, que es lo que nos interesa, la mañana empezó con un ambiente de alta diplomacia geopolítica. O lo que es lo mismo: nadie soltaba prenda. En los primeros kilómetros, le preguntabas a cualquiera y nadie sabía, nadie respondía. ¿Llegar a Lanjarón? Un misterio digno de Cuarto Milenio. El calor apretaba desde temprano y el personal empezó a buscar excusas preventivas. Los "aguilillas", hoy diezmados, andaban en las mismas, salvo Germán, que no dudó ni un segundo (siempre hay un inconsciente en el grupo), el resto movía la cabeza con una tremenda angustia existencial, debatiéndose entre cumplir y llegar a Órgiva o plantarse en Lanjarón.
Pero claro, van cayendo los kilómetros, el cuerpo se calienta y florecen los estrategas:
- Los de Talará: Decidieron que el libro de ruta era sagrado y que allí se daba por concluida la ida (y la fatiga).
- Los del "Ya que...": Como el ritmo era sospechosamente cómodo y fuimos en perfecta piña ciclista, se vinieron arriba y propusieron subir a Lanjarón.
-Los de Nigüelas: Alegando baja forma, lesiones varias y conjunciones astrales desfavorables, sabiamente decidieron dar la vuelta en el cruce de Nigüelas.
Al final, como siempre, cada uno llegó a "buen puerto" (básicamente, al bar que mejor le pillaba). Una vez más, el Velo Club demuestra que tiene un hueco para todos los niveles.
Toda esta descomunal procesión fue comandada de manera magistral por Miguel, quien desde el coche de apoyo supo capitanear al rebaño de ovejas descarriadas de manera exquisita. El delegado del día, Antonio Nievas, que se quedó estratégicamente con el grupo de Talará, estuvo pendiente de todo, demostrando una paciencia de santo en el punto de reagrupamiento de Bobadilla, esperando estoicamente a que llegara la última grupeta.
Mención de honor para los aguilillas de hoy: Paquito, Germán y Larios. Ellos pasaron de diplomacias, desafiaron al termómetro y llegaron hasta el mismísimo Órgiva, aportando la nota de auténtico pundonor (o de bendita locura) a la jornada.
El regreso, como el "Celcius" ya amenazaba con derretir los cuentakilómetros, se solucionó por el "recorte" hasta Lecrín. De ahí, directos al punto de reagrupamiento y llegada a Maracena. Sorprendentemente, entramos sobre el horario previsto. Se ve que el calor no solo agobia, sino que también afila las ganas de llegar a la ducha.




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