Tenemos
la sana costumbre de que, en cuanto asoma el final de junio, nos
entra una necesidad imperiosa de abandonar nuestra cómoda zona de
confort para irnos a buscar el sufrimiento en carreteras
desconocidas. Eso mismo hicimos el pasado domingo.
Para estirar bien las piernas, nos metimos el madrugón padre y
nos plantamos en Castell de Ferro, listos para "saborear"
unas carreteras locales que son de todo menos llanas. La ruta estaba
diseñada a conciencia para el absoluto deleite del personal, es
decir, tenía todas las torturas habidas y por haber en el ciclismo:
llano (poco), subidas (muchas), bajadas y ese maravilloso
"compañerismo" que sirve para disimular que vas con el
gancho.
El trazado incluía Calahonda, Torrenueva, Azud de Vélez y Vélez
de Benaudalla. Allí, tras un desayuno que nos ganamos con sangre,
nos esperaba el plato fuerte: la subida de los caracolillos hasta la
Gorgoracha, bajada a Motril y rumbo a Puntalón, donde nos aguardaba
la "guinda" del pastel (si por guinda entiendes una trampa
mortal): el Alto del Conjuro. Una vez sobrevivido a eso, el plan era
un "tranquilo" descenso a Lújar y Los Carlos para llanear
los últimos kilómetros de vuelta a Castell.
90 kilómetros de puro
"disfrute" con más de 1.500 metros de desnivel positivo.
Casi nada para empezar el verano. Y como la vida es bella, el asunto
se aderezó con un sutil aumento de las temperaturas y esa
maravillosa humedad costera que te hace sentir como un pollo al
horno.
Reunidos en el punto de partida con las primeras luces del día,
salimos con la moral por las nubes. Kilómetro uno y ¡sorpresa!: el
primer muro. Es la magia de esta zona: vayas a donde vayas, siempre
hay una rampa esperándote para recordarte que estás en manos de la
diosa fortuna. Nada más arrancar, tres kilómetros de subida hasta
el túnel de la Rijana. No es el Tour de Francia, claro que no, pero
te pilla con las piernas todavía en modo vacaciones. Superado el
bache, una cómoda bajada nos dejó en el mirador de Calahonda, el
lugar perfecto para reagruparnos, fingir que no estábamos cansados y
hacernos la foto de rigor.
Resulta verdaderamente bucólico pedalear a pie de playa por
Carchuna a esas horas de la mañana, con el grupo rodando juntito y
feliz en el llano. Pero la paz duró poco. En la subida al faro de
Sacratif, coincidiendo con la aparición de otra grupeta, la armonía
se rompió y el grupo se partió en dos de forma muy natural.
Toda la zona de los Tajos del Azud de Vélez se convirtió en una
persecución en dos bloques, separados por apenas dos kilómetros.
Esto propició una "estrategia de alta competición": los
de delante aprovecharon su ventaja para entrar en Vélez por la zona
de la presa, mientras los de detrás, muy obedientes ellos, lo
hicieron por donde mandaba la ruta oficial. Tan "fríamente
calculada" estaba la división que ambas grupetas llegaron
exactamente al mismo tiempo al avituallamiento en el bar “Láchar
de la costa”, un entrañable hervidero donde los ciclistas se
amontonan felices. Eso sí, en Vélez han decidido innovar en la
nutrición deportiva: han
sustituido el plátano de toda la vida por un pestiño. Dieta
de campeones.
Tras el desayuno y el correspondiente contrabando de agua, vuelta
al tajo. Aquí empezaba lo bueno. Para abrir boca, la Gorgoracha por
sus míticos caracolillos; una subida que cada uno afrontó haciendo
los pactos con el diablo que consideró oportunos. Coronado el túnel,
nuevo reagrupamiento y bajada a Motril, cruzando la ciudad en pelotón
compacto para evitar despistes.
A medida que avanzaba el reloj, el termómetro se empeñaba en
amenazar nuestra existencia. Y por delante quedaba el monstruo final.
Aunque íbamos perfectos de tiempo, la cosa se puso seria. El Alto
del Conjuro es un puerto de 13
kilómetros de subida ininterrumpida que te eleva desde el
nivel del mar hasta casi los 800 metros de altitud. Vale, la media es
del 5,5%, pero los tres primeros kilómetros tienen la delicadeza de
regalarte desniveles que superan el 12%. Si a eso le sumas los
pestiños acumulados y el calor sofocante, el resultado es una
maravillosa factura que pagas durante el resto de la ascensión.
Desde el coche de apoyo se
sugería con insistencia que se tomara la cosa con calma, mientras
se rellenaban los bidones de agua bendita (o fresquita) para intentar
mitigar la calor.
El mapa inicial ofrecía una sabia ruta de escape hacia Gualchos
para evitar los tres últimos kilómetros de tortura, si asi fuese
conveniente. Tras unas breves paradas para intentar respirar y
evaluar los daños, la gran mayoría del grupo demostró tener una
excelente cordura y decidió dar por finalizada la subida en el
parque eólico, tirando hacia Castell por el pico del Águila. Sin
embargo, una pequeña secta de "aguilillas" prefirió
seguir en el tajo, afrontando los kilómetros finales con la dignidad
de quien se cree capacitado, desafiando a la física, al sol y al
cansancio.
Una vez coronada la cima, el sufrimiento se transformó
mágicamente en orgullo. Ya solo quedaban 20 kilómetros de rápido
descenso hasta Lújar, donde esquivamos esquinas en sus calles
estrechas, para luego volar por la rambla de Los Carlos directos a
Castell.
Como no podía ser de otra manera, la jornada de ciclismo terminó de la única forma aceptable: al calor de unas cervezas congeladas, platos de pescaíto frito y una paella a pie de playa. Todo un sacrificio gastronómico que sirvió, más que nada, para autoconvencernos de la gran mentira del día: lo mucho que nos gusta sufrir (unos más que otros) encima de la flaca.
Asimismo, los que no pudieron compartir ruta de carácter especial el domingo pasado, quedaron en el punto oficial de quedadas del Velo Club, es decir, en Dorleta, para hacer una "rutilla" acorde a sus posibilidades. Damián y Jonás, Jonás y Damián, que tanto monta como monta tanto, hicieron de las suyas marcándose un Güejar Sierra más un Duque como quien no quiere la cosa, para soltar piernas.
FOTOS
TRACK DE LA RUTA