Y es que Granada es así pero que por el motivo que sea en los últimos 90 años alguien (o algunos) siempre se han empeñado en mostrar a Granada como una marca blanca de otras ciudades. Pasa con las fiestas tradicionales, con el Corpus, con la Semana Santa y con cualquier evento digno de “caspa rancia” que lo único que busca es parecerse (y cada vez más y peor) a la convecina Sevilla.
Y líbreme Dios a mí hablar mal de Híspalis y sus habitantes, que no tienen culpa alguna. Hablo de los “granainos”, de esos “granainos” encargados de gestionarnos (da igual del color que sean porque los ha habido de todos) y que la única ambición ha sido y será siempre provocar cierto complejo de inferioridad al personal sumiéndonos a la postre en un barro enmascarado con una pátina de catetismo sin igual.
Pues eso, que ayer fue el día en el que Granada brilló con su propia identidad, con un deporte “rey” como es el ciclismo que anda muy arraigado en nuestra tierra y que se ha lucido con una organización impecable mostrando al mundo algo mucho más idéntico que el casposo cortejo procesional “semanasantero”, el corpus “asevillanado” o la desgraciada y apática imagen deportiva de equipos que a lo más que aspiran es a mantenerse en segunda.
Ayer Granada lucío como lo que es, la capital mora, nazarí, con una visión mundial sin precedentes y lanzando un órdago claro y conciso a la organización de la Vuelta para que en años venideros le “birle la cartera” a la capital de España, que tampoco pasaría nada. Puestos a pedir… por pedir que no quede.
Y es que en estas ocasiones es cuando uno se acuerda de esa reflexión que el genial escritor y poeta Antonio Machado pronunció para destacar la singularidad y la belleza incomparable de la ciudad de Granada frente al resto del mundo:
Pues todo esto ocurría el día en el que el Velo club tenía en el calendario de ruta marcado un trazado no menos importante, el de atravesar el valle de Lecrín por completo. Ahí es nada.
Y allí que se vino el tío. Con su bici de montaña por todo un terreno más que favorable, soportando envites y capeando el temporal como un jabato. Claro que la alegría dura poco en la casa del pobre. En cuanto el terreno empezó a picar para arriba, los aguilillas, en este caso Paco Moral y Damián, con la sana intención de coronar la TOP, o sea, llegar hasta Pinos del Valle, arrastran al campeón y se lo llevan “enganchao” a rueda hasta arriba. Los demás, incrédulos, nos quedamos con los puesto y dispuestos a solventar la jornada con más pena que gloria.
Después de sufragar unos kms algo penosillos para llegar a Albuñuelas, a poco de salir del pueblo, ya se pueden ver las impresionantes vistas de todo el valle luciendo en todo su esplendor. Un cartel austero nos da la bienvenida al valle de Lecrín. Tras una rápida y vertiginosa bajada del Muro de Saleres comenzamos a “penar” de nuevo. En mente, y como si de un aliciente se tratase, tenemos Melegís. Nada, solo queda subir a Restábal y en un par de km, nos plantamos en los Naranjos.
Que ilusos. Estaba cerrado… a cal y canto. ¿Solución? Pues para Talará. Esa fue la puntilla. Nadie esperaba afrontar esa subida con el estómago pidiendo paso. Y allí que nos plantamos, en Talará, en una cafetería digna de una de las mejores menciones granainas de la malafollá. El pobre hombre no hacía más que añadir eso de que “el pan como hermanos”. No había pan para todos y, mucho menos, para los anónimos que llegaban dispuestos a desayunar. Se ve que todos los bares de la zona se habían puesto de acuerdo para cerrar dejando es éste, solo y desamparado a merced de los nuestros. Por no tener, no tenía ni servilletas. Vamos, una odisea.
En fin, que una vez llegados los de Pinos del Valle y “mediosaciada” la necesidad culinaria, foto de grupo y al tajo. Por delante, el regreso. Se afronta la subida hasta el cruce de Nigüelas agradeciendo, ahora si, el habernos quitado la subida de Melegís antes de avituallar.










































