El Velo Club aceptó el envite de la mañana con una ruta de trazado atractivo. El itinerario nos dictaba cruzar el umbral de la Vega, atravesando los dominios de Fuente Vaqueros, ese rincón que hoy hollamos por partida doble en la ida y en la vuelta para luego buscar el horizonte en Cijuela. Pero la paz del llano se quiebra al enfilar hacia Chimeneas. Allí, el camino se yergue y el asfalto se levana como un muro de voluntades.
Subir al Castillo Tajarja es siempre un acto de fe, pero hacerlo por esta vertiente exige un pacto con el propio cuerpo. Las rampas se suceden sin tregua, carentes de mezquindad, imponiendo su ley de porcentajes severos. El cristal del Garmin, ese oráculo moderno que lucimos orgullosos todos en el manillar, deletreaba con frialdad nuestra agonía: 11%, 12%, hasta rozar el 14%.
Parecíamos una serpiente, pero no multicolor, sino monocroma, donde el amarillo tomaba el protagonismo sobre el verde del campo con una marea que ondulaba sobre el asfalto, capeando los porcentajes con la dignidad del ciclista que sabe que cada pedalada es una victoria sobre el cansancio.
El regreso, aunque más liviano por Peñuelas y Láchar, trajo consigo la anarquía propia de los espíritus libres. Hubo quien, ignorando el trazado reflejado en el libro de rutas, la cartografía digital de sus flamantes “garmin” y los avisos el día antes en el grupo compartido, decidió trazar su propio itinerario por rutas inciertas.
- Yo que sé…. Yo he visto a unos tirar para delante, y yo me he ido detrás -afirmaban al unísono conforme iban llegando a un improvisado reagrupamiento-.
Fue entonces cuando el coche de apoyo, con la paciencia del perro pastor que conoce a su rebaño, tuvo que salir al quite, reuniendo a los extraviados para devolver la armonía al grupo.
El regreso a Maracena fue un remanso de paz ya con un rodar tranquilo de regreso a nuestros templos particulares tras el reagrupamiento en Albolote.
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