domingo, 26 de julio de 2026

Domingo 26 de julio: HOYA DE LA MORA

 

Hoy, día de Santa Ana y último domingo de julio, nos tocaba esa marcha que desata el pánico y fervor a partes iguales y hace temblar las piernas del personal: la temible subida a la Hoya de la Mora.

Se suponía que iba a ser el gran punto de encuentro del club. O al menos, así debería ser. Y, desde luego, nos hemos encontrado... pero solo para comprobar lo "unidísimos" que estamos. Ha sido, con abrumadora diferencia, la marcha con menos asistencia de toda la temporada (y probablemente de los últimos años). Hay días con alerta roja por inundaciones que han tenido más poder de convocatoria que el sol espléndido y la buena temperatura de hoy.

Atención a la cifra récord de valientes, manténganse en sus asientos: catorce. Sí, catorce héroes de la patria ciclista. Una marea humana sin precedentes para despedir una de las marchas más emblemáticas del año y dar la bienvenida al meritorio descanso estival.

Y es que, claro, la Sierra nunca deja indiferente a nadie. Siempre te echa un pulso. Da igual si estás fino como un pro o si llevas seis meses en el sofá: el esfuerzo no perdona y, si no dosificas con la sabiduría de un filósofo griego, te saca los colores. Aunque visto lo visto, a la mayoría le dio pánico perder ese pulso antes de dar el primer pedaleo y prefirió tomar las de “Villadiego”.

En fin, con este multitudinario éxito en la Hoya de la Mora culminamos por todo lo alto el periplo de las marchas duras. Ahora sí, nos hemos ganado a pulso un descansadísimo parón de agosto. Que con tanto ajetreo y tanta aglomeración, nos hacía mucha falta recuperar el aliento.

Nos vemos en septiembre, compañeros. Feliz descanso (quien lo tenga, claro está).


domingo, 12 de julio de 2026

Domingo 12 de julio: PIÑAR (por la estación)

Se va notando el veranillo y, sobre todo, se nota que la competencia de las tareas propias de la época estival —léase trasnochar en las terrazas, el noble arte de la siesta con ventilador y las huidas masivas a la costa— causa estragos en la asistencia a la salida oficial del club. Con una grupeta drásticamente mermada en sus efectivos, apenas veinte “elementos” se han aventurado hoy a cumplir con el expediente del calendario oficial. El menú del día prometía: ir a Píñar por la estación y regresar por la ruta habitual. Una propuesta que, sobre el papel, no iba a exigir ninguna complicidad.

De hecho, calificar la ruta de "cómoda" es casi un eufemismo si la comparamos con las escabechinas que dejamos atrás las semanas anteriores. Además de no presentar grandes desafíos en el altímetro, el cuentakilómetros se ha quedado con las ganas de llegar a las tres cifras. Una bendición para los que buscaban una mañana tranquila, permitiendo al personal rodar con una alegría inusitada y, lo mejor de todo, dar por concluida la marcha en torno a las 11:30 de la mañana. Una hora perfecta para volver a casa con las “cervezas bebidas” y dispuestos a compartir el arroz “en este caso, “sin voces”).

La mañana se presentó sorprendentemente fresquita y mantuvo esa tregua térmica durante todo el trayecto. Esto provocó que desde el coche se viviera la jornada en un estado de placentera monotonía, contemplando la etapa como un mero trámite administrativo ante la absoluta falta de demanda de bidones de agua.

El itinerario nos llevó a la ida por Iznalloz, serpenteando la carretera de Bogarre hasta el cruce de la estación de Piñar. Una carretera que en primavera suele regalar postales de un verde idílico, pero que ahora, bajo los primeros rigores del soplete veraniego, ha mutado hacia una paleta de amarillos y ocres. Un paisaje un tanto desértico donde las cosechadoras ha hecho su labor concienzudamente llenando el entorno de enormes “alpacas” de paja (aunque el término correcto es PACA, pero que aquí en la vega nosotros solemos denominarla así)

Por lo demás, la jornada transcurrió con una alarmante falta de sobresaltos. El pelotón rodó prácticamente compacto durante todo el recorrido, en una armonía casi sospechosa. Y es que hoy se ha cobrado el precio de las vacaciones: la flagrante ausencia de los "aguilillas" habituales.

Nuestros incansables veteranos, que se presentaban los primeros en el punto de partida han cumplido con su acometido llegando hasta Iznalloz, y como mandaba el libro para luego esperar pacientemente en Albolote al reagrupamiento de todo el grupo y de camino, se hacía hora para la esperada y merecida cerveza.

domingo, 5 de julio de 2026

Domingo 5 de julio: LA PEZA

 


El mes de julio es, por antonomasia, ese momento cumbre en el que a los ciclistas se nos cruza el cable definitivamente. Como el Tour de Francia manda, todo amante de la flaca se siente de repente un titán del pavé y se tira a la carretera dispuesto a devorar millas, puertos y lo que se ponga por delante. Así ha sido siempre, porque nos va la marcha.

Otra cosa es este tierno idilio que tenemos ahora con las olas de calor. Siempre las ha habido, claro, pero no con este nivel de "barbacoa humana" que sufrimos últimamente. Tanto es así que, en un alarde de pura sensatez, habrá que plantearse seriamente lo de evitar las marchas más exigentes en esta época. O moverlas a otro mes, no sé, una idea loca. Porque lo que está claro es que, por mucho que te levantes a una hora en la que ni las calles están puestas, todo lo que sea pedalear más allá de las 12:00 h se convierte en una ratonera térmica de la que es difícil salir invicto.

Qué tiempos aquellos en los que las temporadas se hacían de corrido, de febrero a octubre, sin llorar y sin parones veraniegos. Hoy en día, con el panorama actual, agosto se ha convertido en el mes vacacional por excelencia. Así que el club —y cada vez más clubes— baja la persiana en un intento desesperado por conciliar la vida familiar con la obsesión ciclista.

Pero ojo, eso no significa colgar la bici y dedicarse a la tumbona. Al contrario. Muchos aprovechan para marcarse una "segunda pretemporada", no vaya a ser que pierdan el golpe de pedal para el trepidante y crucial arreón final del año.

Todo esto viene a que hoy tocaba La Peza, un destino a priori idóneo para la época porque discurre por una zona "fresquita". Y de hecho, la ida fue un paseo celestial. El problema es que la vuelta, con la subida a Blancares, prometía convertirse en esa ansiada ratonera. Vale, el regreso es teóricamente más liviano porque es una bajada continua hasta la capital, pero en los cuatro repechos mal contados que quedan, el amigo "Lorenzo" —hoy más de uno ha entendido por qué el sol tiene nombre de señor serio— decidió recordarnos que disfrutar en la flaca tiene un IVA muy alto. Nos castigó sin piedad.

Afortunadamente, no nos amilanamos. Más que nada porque contábamos con un despliegue logístico digno del mismísimo equipo UAE. Nuestro compañero Rafa Almagro ejerció de "cicerone" y delegado de marchas, cumpliendo con creces las tareas del calendario.

  • ¿Agua fresca? Había.

  • ¿Botellas congeladas? También.

  • ¿Hielo en abundancia? Hasta la saciedad.

  • El toque maestro: Unos "polillos flash" que el tío llevaba supercongelados en las neveras. Coronar Blancares y chuparse un polo flash(el mío era de limón) no tiene precio además de ciertas reminiscencias infantiles.

Por ponerle una pega al servicio de cinco estrellas de Rafa: solo le faltó pararnos a todos en Los Italianos y pagarse una "cassata" por cabeza. Lo vamos a perdonar únicamente porque el vehículo de apoyo no cumple con las exigentes normativas medioambientales del Ayuntamiento de Granada y tiene vetada la entrada a la capital. Aunque, al paso que va y tal y como se portó, no descarto verlo en sucesivas ocasiones en el semáforo de la heladería repartiendo cucuruchos a la grupeta.

Por lo demás, el guion de siempre. El grupo al completo —pasábamos de la veintena de valientes— partía a la intempestiva hora de las 7:30 desde Dorleta. El paso por la capital y su festival de semáforos se convirtió, como no, en un vía crucis que mandó al garete toda la ventaja horaria del madrugón. Habrá que contratar a un ingeniero de caminos para estudiar cómo evitar el centro.

Al fin nos plantamos todos juntos al pie de la subida, en el cruce de Quéntar, y la selección natural hizo su magia. Se formaron dos bandos claros:

  1. Por delante: Los "aguilillas" y los kamikazes dispuestos a morir a manos de estos, corriendo alegres directos al matadero.

  2. Por detrás: El resto del mundo, más cáutos, a ritmo caribeño.

Mención de honor para nuestros veteranos, Manolo y Joaquín. Haciendo gala de un pundonor táctico envidiable, decidieron que quedarse en Aguas Blancas era de cobardes, así que usaron el coche de apoyo para "saltarse" unos esacasos 5 km de subida. Volvieron al tajo en la presa del pantano y afrontaron con total gallardía la subida hasta Tocón de Quéntar. Di que sí, optimización de recursos.

Finalmente, una grupeta numerosa llegó a Tocón para dar sabida cuenta del choto que allí se prepara (algunos estiraron hasta Blancares para dar la vuelta hasta Tocón), mientras que los demás tiramos para La Peza tras un improvisado reagrupamiento en la cima. Los aguilillas, hoy más escasos que de costumbre, culminaron la ruta TOP hasta el Mirador, volvieron al pueblo y, tras el clásico desayuno, el obligatorio control de firmas y las risas de rigor, iniciamos el regreso a Maracena.

En definitiva: un gran día de ciclismo, compañerismo, insolación moderada y un polo flash que nos salvó la vida. ¿Qué más se puede pedir?

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TRACK DE LA RUTA

viernes, 3 de julio de 2026

Domingo 28 de junio: CASTELL -VELEZ DE BENAUDALLA - LA GORGORACHA - ALTO DEL CONJURO - CASTELL

Tenemos la sana costumbre de que, en cuanto asoma el final de junio, nos entra una necesidad imperiosa de abandonar nuestra cómoda zona de confort para irnos a buscar el sufrimiento en carreteras desconocidas. Eso mismo hicimos el pasado domingo.

Para estirar bien las piernas, nos metimos el madrugón padre y nos plantamos en Castell de Ferro, listos para "saborear" unas carreteras locales que son de todo menos llanas. La ruta estaba diseñada a conciencia para el absoluto deleite del personal, es decir, tenía todas las torturas habidas y por haber en el ciclismo: llano (poco), subidas (muchas), bajadas y ese maravilloso "compañerismo" que sirve para disimular que vas con el gancho.

El trazado incluía Calahonda, Torrenueva, Azud de Vélez y Vélez de Benaudalla. Allí, tras un desayuno que nos ganamos con sangre, nos esperaba el plato fuerte: la subida de los caracolillos hasta la Gorgoracha, bajada a Motril y rumbo a Puntalón, donde nos aguardaba la "guinda" del pastel (si por guinda entiendes una trampa mortal): el Alto del Conjuro. Una vez sobrevivido a eso, el plan era un "tranquilo" descenso a Lújar y Los Carlos para llanear los últimos kilómetros de vuelta a Castell.

90 kilómetros de puro "disfrute" con más de 1.500 metros de desnivel positivo. Casi nada para empezar el verano. Y como la vida es bella, el asunto se aderezó con un sutil aumento de las temperaturas y esa maravillosa humedad costera que te hace sentir como un pollo al horno.

Reunidos en el punto de partida con las primeras luces del día, salimos con la moral por las nubes. Kilómetro uno y ¡sorpresa!: el primer muro. Es la magia de esta zona: vayas a donde vayas, siempre hay una rampa esperándote para recordarte que estás en manos de la diosa fortuna. Nada más arrancar, tres kilómetros de subida hasta el túnel de la Rijana. No es el Tour de Francia, claro que no, pero te pilla con las piernas todavía en modo vacaciones. Superado el bache, una cómoda bajada nos dejó en el mirador de Calahonda, el lugar perfecto para reagruparnos, fingir que no estábamos cansados y hacernos la foto de rigor.

Resulta verdaderamente bucólico pedalear a pie de playa por Carchuna a esas horas de la mañana, con el grupo rodando juntito y feliz en el llano. Pero la paz duró poco. En la subida al faro de Sacratif, coincidiendo con la aparición de otra grupeta, la armonía se rompió y el grupo se partió en dos de forma muy natural.

Toda la zona de los Tajos del Azud de Vélez se convirtió en una persecución en dos bloques, separados por apenas dos kilómetros. Esto propició una "estrategia de alta competición": los de delante aprovecharon su ventaja para entrar en Vélez por la zona de la presa, mientras los de detrás, muy obedientes ellos, lo hicieron por donde mandaba la ruta oficial. Tan "fríamente calculada" estaba la división que ambas grupetas llegaron exactamente al mismo tiempo al avituallamiento en el bar “Láchar de la costa”, un entrañable hervidero donde los ciclistas se amontonan felices. Eso sí, en Vélez han decidido innovar en la nutrición deportiva: han sustituido el plátano de toda la vida por un pestiño. Dieta de campeones.

Tras el desayuno y el correspondiente contrabando de agua, vuelta al tajo. Aquí empezaba lo bueno. Para abrir boca, la Gorgoracha por sus míticos caracolillos; una subida que cada uno afrontó haciendo los pactos con el diablo que consideró oportunos. Coronado el túnel, nuevo reagrupamiento y bajada a Motril, cruzando la ciudad en pelotón compacto para evitar despistes.

A medida que avanzaba el reloj, el termómetro se empeñaba en amenazar nuestra existencia. Y por delante quedaba el monstruo final. Aunque íbamos perfectos de tiempo, la cosa se puso seria. El Alto del Conjuro es un puerto de 13 kilómetros de subida ininterrumpida que te eleva desde el nivel del mar hasta casi los 800 metros de altitud. Vale, la media es del 5,5%, pero los tres primeros kilómetros tienen la delicadeza de regalarte desniveles que superan el 12%. Si a eso le sumas los pestiños acumulados y el calor sofocante, el resultado es una maravillosa factura que pagas durante el resto de la ascensión.

Desde el coche de apoyo se sugería con insistencia que se tomara la cosa con calma, mientras se rellenaban los bidones de agua bendita (o fresquita) para intentar mitigar la calor. 

El mapa inicial ofrecía una sabia ruta de escape hacia Gualchos para evitar los tres últimos kilómetros de tortura, si asi fuese conveniente. Tras unas breves paradas para intentar respirar y evaluar los daños, la gran mayoría del grupo demostró tener una excelente cordura y decidió dar por finalizada la subida en el parque eólico, tirando hacia Castell por el pico del Águila. Sin embargo, una pequeña secta de "aguilillas" prefirió seguir en el tajo, afrontando los kilómetros finales con la dignidad de quien se cree capacitado, desafiando a la física, al sol y al cansancio.

Una vez coronada la cima, el sufrimiento se transformó mágicamente en orgullo. Ya solo quedaban 20 kilómetros de rápido descenso hasta Lújar, donde esquivamos esquinas en sus calles estrechas, para luego volar por la rambla de Los Carlos directos a Castell.

Como no podía ser de otra manera, la jornada de ciclismo terminó de la única forma aceptable: al calor de unas cervezas congeladas, platos de pescaíto frito y una paella a pie de playa. Todo un sacrificio gastronómico que sirvió, más que nada, para autoconvencernos de la gran mentira del día: lo mucho que nos gusta sufrir (unos más que otros) encima de la flaca.

Asimismo, los que no pudieron compartir ruta de carácter especial el domingo pasado, quedaron en el punto oficial de quedadas del Velo Club, es decir, en Dorleta, para hacer una "rutilla" acorde a sus posibilidades. Damián y Jonás, Jonás y Damián, que tanto monta como monta tanto, hicieron de las suyas marcándose un Güejar Sierra más un Duque como quien no quiere la cosa, para soltar piernas.

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