domingo, 4 de octubre de 2026

Domingo 4 de octubre: TALARÁ


Pues sepan ustedes que hay lugares en la Alhambra que ya solo existen en el murmullo del viento y en la memoria de las piedras. Entre los palacios nazaríes, donde el poder de una dinastía se medía en encajes de yeso y fuentes de agua viva, palpitaba la Rawda: La Rawda (o Rauda) es un cementerio real, donde se daba sepultura a reyes y sultanes de la dinastía nazarí, un refugio de silencio encajado en el corazón mismo del poder terrenal. Era un espacio de transición sagrado, pues en el Islam la tumba es intocable y la dignidad del difunto se custodiaba con el mismo fervor con que se cuida la vida, a la espera del juicio final.

Pero el tiempo de los reyes árabes en Granada se agotaba. A finales de 1491, con las tropas de los Reyes Católicos a las puertas de la ciudad y el crepúsculo de su reino ya inevitable, Boabdil, el último rey nazarí, tomó una decisión desoladora. Para evitar que las tumbas de sus antepasados fueran profanadas en suelo cristiano, ordenó exhumar en secreto los restos de los sultanes y trasladarlos a Mondújar, una alquería en el Valle de Lecrín que marcaba el amargo camino hacia el exilio de las Alpujarras. Allí, en la sombra y la clandestinidad, mandó erigir una nueva Rauda Real.

Aquel suelo de Mondújar no solo acogió la memoria de los reyes pasados, sino también el dolor más íntimo de Boabdil. En 1493, amargada por la pérdida de su reino y quebrantada por la tristeza, falleció en Laujar de Andarax, en pleno corazón de la Alpujarra, su amada esposa, Morayma. Su cuerpo fue llevado a Mondújar para descansar junto a los viejos sultanes, sellando con su tumba el último lazo afectivo que ligaba a la familia real con la tierra de Granada. Poco después, Boabdil y su madre Aixa cruzaron el mar hacia el Magreb, actual Marruecos, dejando atrás sus muertos, sus palacios y el alma de su dinastía.

Hoy, la prisa del mundo moderno borra las huellas de aquel acontecimiento. Lo que fue la última morada de los reyes nazaríes es ahora conocido como el Cerrillo de Mondújar, una colina discreta que queda a la izquierda al descender por la autovía hacia la costa. Allí abajo aún permanecen los vestigios de la antigua maqbara —el cementerio del pueblo llano cuyo nombre arábigo dio origen, con los siglos, a nuestra palabra "macabro"— y del castillo en cuya restauración cristiana se reutilizaron las viejas estelas y bordillos funerarios.

Asi que la próxima vez que bajéis a la costa en coche por la autovía o tengáis como destino el valle de Lecrín con la bici, guardad un segundo de silencio. Pensad que, bajo esa tierra ajardinada por el olvido, todavía descansan en el sueño eterno los últimos sultanes de Granada.

Y os preguntaréis ¿a que viene todo esto? Pues que hoy hemos estado en Talará, con un invitado de lujo como es Antonio Miguel Díaz y que nunca está de más conocer algo de historia de la zona a donde vamos.

Mondújar es un pueblo olvidado, maltratado por la historia y cercado por el olvido y que hoy el Velo Club se ha dignado en visitar recorriendo sus angostas calles antes de iniciar el regreso a Maracena.

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